Mudéjares, repoblación y frontera. El Reino de Murcia bajo la órbita de la Corona de Aragón

Mapa del Reino de Murcia de Meter Van Derila de 1707

Ramon Muntaner llegó a escribir en su Crónica del siglo XIV que “en cibtat de Murç y seu regne parlaban del plus bell catalanesch del mon”. Aunque no podemos saber si realmente se hablaba o no el más bello catalán del mundo en el Reino de Murcia, los siglos XIII y XIV fueron dos centurias clave para que la impronta de la corona aragonesa quedase marcada en esta tierra del sureste peninsular hasta nuestros días.

El territorio murciano era una tierra clave y de gran importancia geoestratégica para la expansión territorial de las Coronas de Castilla y Aragón. Un suculento trozo de ese pastel que era la debilitada al-Ándalus para estas coronas y sus ansias de engrosar su jurisdicción con nuevos territorios.

Con el Tratado de Cazorla en 1179, Alfonso VIII de Castilla consiguió reservar para su corona el Reino islámico de Murcia, aprovechándose de la previa situación de subordinación que sufría Alfonso II de Aragón respecto al poder castellano.

Límites territoriales de las coronas de Aragón y Castilla en los siglos XIII y XIV en el Sureste Peninsular. Fuente

Pese a la hegemonía andalusí de Ibn Hud al-Mutawakil en la primera mitad del siglo XIII, la creciente disgregación de al-Ándalus y el avance de los reinos cristianos de Castilla y Aragón supuso el fin del emir murciano y de sus descendientes, firmando su hijo la capitulación con el infante Alfonso de Castilla en el Tratado de Alcaraz de 1243. De esta forma pasaban los territorios de Murcia a ser un protectorado castellano que, tal y como señalaba dicho pacto, comprendía “con la ciudad de Murcia e todos sus castillos, que son desde Alicante fasta Lorca e fasta Chinchilla”. Con este tratado Castilla aseguraba a los musulmanes murcianos la conservación de cargos, bienes y propiedades, además del respeto a su cultura y religión.

Al intentar los castellanos tomar Játiva y la consecuente respuesta de Jaime I  de tomar territorios de la reserva de Castilla como Villena, Sax y Caudete en 1244, las dos coronas firmaron el Tratado de Almizra ese mismo año. En él se ratificó el Tratado de Cazorla, lo que significaba que los territorios al sur de Biar serían para Castilla, entre los cuales se encontraban ciudades de importancia como Alicante, Elche, Villena, Orihuela y Almansa.

Tras la coronación de Alfonso como rey de Castilla comienza en mayor medida la castellanización y cristianización del territorio de Murcia por dicho monarca, produciéndose una fuerte repoblación con un doble objetivo: la defensa del territorio y mantener las huertas y campos ocupados para su poblamiento y producción ante el despoblamiento crónico que comenzaban a padecer estas tierras de frontera.

Castillo de Alhama de Murcia. Fuente

Todo este proceso vino unido al aumento de la presión hacia los mudéjares, tergiversándose las palabras de lo dispuesto en el Tratado de Alcaraz con la población islámica. De esta forma, los mudéjares acabaron malvendiendo sus bienes a los cristianos que llegaban cada vez más y en mayor número a estas tierras, mientras Murcia seguía teniendo un emir islámico bajo control castellano habitando en el Alcázar Menor del arrabal de la Arrixaca. Fue finalmente el emir al-Watik Ibn Hud quien protestó ante Alfonso X por el incumplimiento del tratado de 1243, llegando hasta a escribir al papa de Roma ante la ausencia de respuesta del rey castellano.

Ante esta situación de indefensión de la población mudéjar con el poder castellano estalló la sublevación mudéjar en 1264, dirigida en parte desde tierras granadinas por el rey nazarí Muhammad ibn Nasr a reinos como los de Murcia y Sevilla. Los sublevados se alzaron en la ciudad de Murcia venciendo a la guarnición cristiana del Alcázar Mayor, así como lo hicieron en otros muchos territorios del reino como en los valles del Segura y del Vinalopó, Cartagena y localidades del noroeste murciano como Moratalla, siendo todos ellos lugares donde la mayoría de la población era mudéjar. Cabría señalar que ciudades como Orihuela y Lorca fueron tomadas por los rebeldes mudéjares, pero las guarniciones cristianas aguantaron en las fortalezas hasta la llegada de refuerzos.

Pese a la ayuda en otras zonas de caballeros cristianos y de Martín Eanes, Maestre de la Orden de Santiago, Alfonso X reclamó la intervención de su suegro, el rey de la Corona de Aragón Jaime I el Conquistador, para sofocar esta revuelta en Murcia. El monarca aragonés justificó ante sus cortes la intervención para que no se extendiese la revuelta por los territorios de su corona, consiguiendo el apoyo necesario en las cortes catalanas.

Representación de la entrada de Jaime I en Murcia por Federico Mauricio Ramos. Fuente

Las tropas aragonesas mandadas por el infante Pedro (el que sería el futuro Pedro III el Grande) y el propio Jaime I no tuvieron casi resistencia en las ciudades de la comarca de la Vega Baja tras lo cual, un año después, se dirigieron a la ciudad de Murcia. Después de un primer intento fallido lograron la capitulación de los mudéjares murcianos, entrando Jaime I el 2 de febrero de 1266 en la capital del reino para después continuar con la conquista de Alhama y del resto del valle del Guadalentín. Cabría destacar que Jaime I, al entrar en Murcia, fue a rezar a la Mezquita Mayor y la consagró con el nombre de Iglesia de Santa María la Mayor, lugar que acabaría convirtiéndose en la Catedral de Murcia.

De esta forma las tropas aragonesas conquistaron el Reino de Murcia, dejando así a más de 10.000 repobladores, entre los que existía una clara mayoría catalana, a la vez que Jaime I devolvía la soberanía de este reino a la Corona de Castilla. Todo ello mientras el propio emir nazarí Muhammad ibn Nasr ofrecía a Alfonso X su ayuda pactando en Alcalá la Real para someter y pacificar al Reino de Murcia, siempre y cuando se respetase la vida de al-Watik.

El 14 de mayo de 1266 de ese mismo año Alfonso X le otorga a la ciudad de Murcia el Fuero de Sevilla mediante un privilegio rodado. De esta forma el Reino de Murcia dejaba de ser un protectorado de la Corona de Castilla para pasar a integrarse de pleno en ella, estableciéndose así un auténtico órgano de gobierno en la ciudad al estilo de Castilla.

El fin de la revuelta mudéjar en Murcia supuso la emigración de una parte de los musulmanes murcianos a Granada, así como un mayor repartimiento de la huerta a caballeros castellanos y aragoneses, sirviendo esta rebelión a Castilla como argumento para considerar a Murcia como territorio conquistado y así eliminar el problema del incumplimiento de pactos. Además, habría que recordar que fue en este momento cuando, la cada vez más perseguida población mudéjar de la ciudad de Murcia, pasó a ocupar el arrabal de la Arrixaca, espacio de la ciudad que les fue mermado a la mitad en 1272 junto a la expropiación de la mitad de sus tierras.

Distribución urbana de la Murcia medieval tras la toma de Jaime I. Fuente

­Jaime I prometió a los musulmanes con su rendición respetar su religión, leyes y costumbres para así resolver los problemas lo más rápido posible y facilitar el camino a su yerno Alfonso X. El monarca aragonés acabaría quejándose a Alfonso X por su incumplimiento de las concesiones a caballeros aragoneses del segundo repartimiento ya que, entre otras cosas, el repartimiento del territorio como lo ideó Jaime I basado en grandes señoríos de familias poderosas no se llevó a cabo, optando el rey castellano por la creación de pequeños propietarios.

De esta forma, Alfonso X estableció a partir de 1272 una reducción de la extensión de tierras concedidas por Jaime I y que los usos y fueros de Castilla serían los únicos aplicados en el Reino de Murcia. No sería hasta el reinado de Sancho IV cuando se acabaría con esta dualidad jurídica y administrativa, dada la permeabilidad de dicha frontera y la fuerte influencia aragonesa de puertas hacia dentro.

Habría que esperar hasta la primera mitad del siglo XIV cuando se acabe configurando la frontera del Reino de Murcia con respecto a Valencia, una línea muy similar a la existente en la actualidad. Tras una relación intensa con la corona castellana, Jaime II de Aragón ocupó el Reino de Murcia al justificar que así debía materializarse la donación hecha por el infante castellano don Alfonso de la Cerda a la corona aragonesa a cambio de su apoyo al trono castellano. Para ello Jaime II contaría con el apoyo de los aragoneses que habitaban en el territorio murciano, siendo un buen ejemplo ciudades como Murcia y Orihuela, en las que casi la mitad de los cristianos allí instalados tras la conquista cristiana eran catalanes, aragoneses, valencianos o mallorquines.

Castillo de Santa Bárbara de Alicante a finales del siglo XVI. Fuente

De esta forma Jaime II aprovechó la minoría de edad de Fernando IV de Castilla para tomar el Reino de Murcia. Entre 1296 y 1302 las tropas aragonesas tomaron con relativa facilidad ciudades como Alicante, Elche, Orihuela, Murcia o Cartagena mientras resistieron largos cercos ciudades como Alhama, Lorca y las encomiendas santiaguistas, que sufrían los ataques de las huestes musulmanas contratadas por Jaime II. Tras ocupar casi todas las villas y castillos, Jaime II inició la organización del reparto de tierras y señoríos del Reino de Murcia entre la nobleza aragonesa.

Tras marcharse Jaime II a Valencia, las tropas castellanas recuperaron Mula y, ya cuando volvió en 1300 para atacar Lorca, se produjo la recuperación progresiva de Castilla. A este avance castellano se sumó la bula papal que legitimaba como rey a Fernando IV, perdiendo así validez el argumento de Jaime II para tomar Murcia.

María Molina, madre del rey castellano, no quería pactar nada que no fuese la devolución completa del Reino de Murcia, pero su hijo acabó firmando la Sentencia arbitral de Torrellas en 1304. Esta sentencia supuso la pérdida para Castilla de Villena, Caudete, Sax, Jumilla, Orihuela, Elche, Alicante y Abanilla entre otras, mientras que el resto de ciudades se devolvían a Castilla. De esta forma se seccionó ya de forma casi definitiva la cuenca del río Segura.

Hay que aclarar que este pacto incluía a Cartagena bajo los dominios de la Corona de Aragón, pero con el Tratado de Elche de 1305 se acabó rectificando este anacronismo geográfico, ya que se dictaminaban para Aragón las tierras al norte de Orihuela. Algunos historiadores han interpretado este hecho como un error, mientras otros defienden intereses ocultos de Jaime II para hacerse con la importante ciudad portuaria de Cartagena y así arrebatar a Castilla su principal salida al mar Mediterráneo.

A los litigios entre Aragón y Castilla aún les faltaba un último gran capítulo que modificaría las fronteras entre ambas coronas. Durante la segunda mitad del siglo XIV, en la denominada Guerra de los dos Pedros, se enfrentaron durante una década Pedro I el Cruel de Castilla contra Pedro IV de Aragón. Este conflicto se debió a que Pedro I de Castilla reclamaba una serie de territorios de la Vega Media y Baja del Segura, mientras él mismo estaba inmerso en una guerra civil en su propio reino.

Miniatura del cartulario de Privilegios de Orihuela de principios del siglo XVI. Fuente

Mediante una serie de incursiones, Pedro I  llegó a tomar Alicante, Guardamar e incluso Orihuela, además de Villena, Sax y Jumilla que tenían poblaciones mayoritariamente castellanas. Con la definitiva Paz de Almazán de 1375, el Reino de Murcia recuperaría Jumilla, Villena, Sax y Abanilla. De esta forma se modificaron finalmente los límites fijados en el Pacto de Torrellas-Elche, siendo el último reajuste importante del territorio del Reino de Murcia en su frontera con la Corona de Aragón. Para evitar futuros problemas en la frontera se crearon los jueces mayores o comisarios de las fronteras, que resolverían en adelante los futuros problemas territoriales.

Para numerosos historiadores y lingüistas, la presencia de personas procedentes de diferentes puntos de la Corona de Aragón en este periodo justifica el murciano como lengua de tránsito, recibiendo una gran influencia tanto en el léxico como en la fonética.

Y es que, más allá de la contundente partición de la cuenca del río Segura mediante una frontera política de nueva fragua en la Baja Edad Media, el Reino de Murcia recibió una fuerte influencia cultural de los territorios de la Corona de Aragón. Ya sea esta por la permeabilidad de la nueva y activa frontera como por los numerosos pobladores que de allí vinieron a repoblar estas tierras.

La condición fronteriza del Reino de Murcia le dio identidad propia a este territorio de fuerte sustrato andalusí de la Corona de Castilla, a medio camino entre esta corona y la de Aragón por la permeabilidad que suelen ofrecer las fronteras políticas y administrativas en lo que a cultura, habla y costumbres se refiere.

Mapa del Reino de Murcia de Meter Van Derila de 1707. Fuente

Bibliografía|

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