La conquista de Qart Hadast como punto de inflexión de la Segunda Guerra Púnica

Plano de Villamarzo representando la Carthago Nova del siglo I a.C. Fuente

Artículo originalmente publicado en Témpora Magazine por Mikel López Aurrecoechea:

La Segunda Guerra Púnica fue seguramente el conflicto que más cerca estuvo de acabar con Roma, pudiendo haber terminado con el derrumbe tanto de la ciudad como del Estado romano. Si bien consiguieron sobreponerse y llegar a ganar esta guerra, fue porque consiguieron darle la vuelta a una situación más que precaria. Para ello los romanos tomarían de su principal adversario, Aníbal, la misma táctica que él había empleado al llevar la guerra a la Península Itálica. Pese a las numerosas y aplastantes derrotas que el cartaginés les propinó en su propia tierra, se repusieron y, formando un ejército, lo desplazaron al corazón económico de Cartago, la Península Ibérica.

Busto del general cartaginés Asdrúbal el Bello. Fuente

Tras la Primera Guerra Púnica, Roma obligaría a Cartago a pagar unas reparaciones de guerra. Mientras un sector del consejo cartaginés optaba por aumentar su zona de influencia en el norte de África, una de sus familias, los Barca, se inclinaba por aumentar su dominio en la Península Ibérica. Iberia era un territorio con grandes riquezas naturales que ya llevaban varios siglos siendo explotadas por griegos y fenicios a través del comercio de sus colonias y los pueblos autóctonos. Por esto, fue fácil usar la ciudad de Gadir, actual Cádiz, como cabeza de puente entre África y Europa. De este modo, en el 237 a.C., Amílcar entra en Iberia, donde se sabe que tomó el control de las minas de Cástulo, llegando a casar a su hijo, Aníbal, con la hija del rey Mucro, Himilce.

Amílcar comenzó a extender la influencia cartaginesa. Para ello fundó una serie de ciudades, como Akra Leuka, que algunos identifican con la actual Alicante. Pero la muerte de éste luchando contra los oretanos llevará a su yerno, Asdrúbal el Bello, a tomar el control de las operaciones en la Península Ibérica, siendo un continuador de la política de su predecesor y fundando la ciudad de Qart Hadast, actual Cartagena. La expansión del dominio cartaginés levantará los recelos de Roma, llegando a firmar entre ambas potencias el Tratado del Ebro (226 a.C.), por el que Cartago no se expandirá al norte de dicho río. Pero Asdrúbal el Bello será asesinado en el 221 a.C. y las tropas cartaginesas eligieron como nuevo gobernador de Iberia al hijo de Amílcar, Aníbal.

Mapa de la Segunda Guerra Púnica. Fuente

Con Aníbal al frente se produce un cambio en la política cartaginesa, retomando las operaciones militares en los valles del Tajo y del Duero, además de centrarse en el control y explotación de los territorios costeros mediterráneos. Es por ello que la ciudad de Sagunto, situada al sur del Ebro, entraba dentro de la zona de control Cartaginesa, y pese a ser aliada de Roma, fue arrasada en el 219 a.C. tras un asedio de ocho meses. Se iniciaba de este modo la guerra entre Roma y Cartago, guerra que Aníbal no tardaría en llevar a las propias puertas de Roma tras cruzar los Alpes y derrotar a los romanos en las batallas de Tesino, Trebia y Trasimeno. Aníbal, no conforme con invadir y vencer a los romanos en su propia tierra, les volvió a vencer en Cannas, donde les ridiculizó y humilló, llegando a ganar a un ejército romano que superaba dos a uno al cartaginés. La ciudad de Rómulo estaba entre la espada y la pared, pues Aníbal comenzaba a poner a las poblaciones itálicas contra Roma y lo único que pudieron hacer fue evitar el enfrentamiento directo con el temible púnico con técnicas de tierra quemada para dificultar el avituallamiento de los invasores.

La muralla púnica de Cartagena. cantonioluis

Ante esta situación tan adversa aparece un joven de tan solo 24 años que pide al Senado el mando de las legiones situadas en Hispania, mando que ningún general se atrevió a  pedir. Este joven era Publio Cornelio Escipión, a quien más tarde se le apodaría el Africano y que sólo se le permitirá mandar la operación por votación popular, pero negándosele el título de procónsul y otorgándole el grado de general. Aunque la intención principal del senado sería la de mantener la parte de la península que aún controlaban, Escipión decidirá tomar la iniciativa y atacar a los cartagineses en sus propias bases.

Al joven Escipión seguramente la venganza le espoleó tanto o más que el sentimiento de salvar a su patria, ya que su padre y su tío murieron al frente de las legiones de Hispania que él ahora mandaba, y tal vez fue este sentimiento el que le hizo desobedecer al senado y adentrarse en territorio cartaginés, arriesgándose a ser atacado por uno de los tres contingentes que estos tenían desplegados por Iberia. El destino de tal acción era claro, la capital cartaginesa de la península, Qart Hadast.

La actual ciudad de Cartagena no posee la misma topografía ahora que en época púnica. En aquel momento no era solo un valioso puerto natural que servía de unión con África, era una ciudad coronada por cinco colinas y rodeada en tres de sus lados por agua, con una bahía fácilmente defendible a un lado y una laguna al otro extremo. Esta distribución y la muralla que fortificaba su perímetro la hacían perfecta para ser defendida con pocos hombres, permitiendo tener a los ejércitos cartagineses asegurando el control del resto de la península.

Despliegue romano durante el asalto a la ciudad de Qart Hadast. Fuente

Escipión recorrió el camino de Tarraco a Qart Hadast con sus legiones y, aunque improbable, se dice que en solo siete días salvó tal distancia gracias al apoyo de la flota, llevando esta la pesada carga de los soldados. Esta necesidad de desplazarse a Qart Hadast en tan poco tiempo se debía a que quería llegar con una marea baja junto con los vientos que venían del nordeste (levante), cosa que le permitiría asaltar la ciudad por la laguna.

Al llegar a la ciudad, Escipión mandó acampar a las puertas; y aunque Polibio sitúe el campamento al norte, es ahí donde está la laguna, por lo que es más probable que fuera al este, usando una colina existente como protección, dejándola entre el campamento y la ciudad y usando su elevación como puesto de vigilancia. Al amanecer del siguiente día y puesto que no podía sitiar la ciudad por el riesgo de que aparecieran refuerzos enemigos, inició el asalto.

Para tomar la ciudad, el ejército romano se dividió en tres grupos: el primero asaltaría frontalmente la muralla a través del istmo. Este asalto con escalas no tuvo éxito, teniendo incluso que replegarse, puesto que las escalas no eran suficientemente altas o se rompían con el peso. Este ataque sirvió de distracción mientras los otros dos grupos intentaban pasar la muralla. El segundo grupo atacaría el puerto desembarcando desde la bahía. Mientras tanto, el tercer grupo de tan sólo quinientos hombres esperaba al norte de la laguna para cruzarla y realizar la tercera tentativa de asalto.

Escipión devolviendo su prometida a Alucio de Jean II Restout. Fuente

Según las fuentes, el propio Escipión dirigió el ataque a pie, usando de escolta a tres hombres que le protegían con escudos y manteniendo el ataque, mientras los otros dos grupos se abrían camino hacia la puerta. Finalmente consiguieron abrir las puertas desde dentro y las legiones entraron en la ciudad, la cual estaba tomada a falta de dos colinas donde se encontraban grupos fortificados. Se inició en ese momento la matanza que toda ciudad conquistada sufre. Y pese a que algunas fuentes doten a Escipión de un respeto y magnanimidad hacia la población, la cual se estima en unos veinte mil habitantes, este hizo presa a la mitad por lo que podemos hacernos una idea de la cantidad de bajas que hubo.

Con la toma de la ciudad no solo se gana una plaza de gran interés en Hispania, se despoja al enemigo de una gran cantidad de oro y plata, además de lo que aún quedaba en las minas, que serán explotadas hasta el siglo XX. Se capturaron los barcos, así como el arsenal y los artesanos que los construían. Por último, se toma posesión de todos los rehenes que los cartagineses tenían para garantizar la colaboración de los pueblos hispanos. Estos rehenes fueron enviados de vuelta a sus tribus, pasando muchas de ellas a engrosar el bando romano abandonando el cartaginés.

La ciudad cambió su nombre por el de Carthago Nova, y tras su toma se continuará la guerra venciendo y expulsando a los cartagineses de la Península Ibérica. Esto sucederá tras vencer en las batallas de Baecula (208 a.C) e Ilipa (207 a.C), consiguiendo disolver el control cartaginés en la Península. Estos se verán obligados a volver a África desde Gadir o a pasar a Italia para reforzar a Aníbal, pero no pudiendo recibir suministros desde Hispania con la negación de Cartago a Aníbal de enviarle más refuerzos. Al final, éste se verá empantanado en una campaña que no podía ganar, volviendo a Cartago para perder la guerra definitivamente en Zama (202 a.C). Curiosamente fue en Zama donde se encontrarían Aníbal y Escipión, saliendo victorioso aquel joven que desobedeciendo al senado y atacando Carthago Nova le dio la vuelta a la guerra.

Plano de Villamarzo representando la Carthago Nova del siglo I a.C. Fuente

Bibliografia|

POLIBIO, “Historias” 10, 10. Madrid: Biblioteca Clásica Gredos, 1985.

TITO LIVIO, “Historia de Roma, la Segunda Guerra Púnica” Tomo II: Libros 26-30. Madrid: Alianza Editorial, 1992.

SCHULTEN, A, “Cartagena en la antigüedad“, traducción: Kurt Graf Von Posadowsky y Antonio Beltrán. Colección Armarjal 1967.

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