Corsarios, piratería, toques a rebato y torres vigía. Las costas del Reino de Murcia contra los peligros de Berbería

Plano del Mar Menor de época moderna (Manuscrito anónimo, Archivo de la Real Chancillería de Granada)

Mucho antes de que el Caribe se alzase con su célebre fama, las costas del Mediterráneo occidental fueron un auténtico hervidero de piratas y corsarios berberiscos que campaban a sus anchas entre incursiones, cautiverios y aguadas, principalmente en los siglos XVI y XVII. En este contexto, especialmente durante el reinado de Felipe II, se comenzó a proyectar y dar forma a un sistema de torres de vigilancia costera para avisar y proteger a la cada vez más mermada población que se atrevía a hacer su vida en la costa lejos de los principales núcleos urbanos.

El Sureste de la Península Ibérica fue una de las zonas más afectadas, principalmente por su cercanía con la costa norteafricana, la desprotección de sus costas y su despoblamiento galopante, convirtiendo a sus escasos vecinos en un suculento manjar a merced de caer en cautiverio a manos de piratas y corsarios tan célebres y asiduos como Morato Arráez. “Hay moros en la costa”, han tocado a arrebato y el peligro ya está al llegar, preparémonos pues para adentrarnos en la defensa de las costas del Reino de Murcia contra los peligros de Berbería.

Torre de La Azohía. cantonioluis

Con el fin de los fuertes litigios fronterizos entre las Coronas de Aragón y Castilla en el siglo XIV y con la conquista del Reino de Granada por los Reyes Católicos a finales del siglo XV, el Reino de Murcia perdía parcialmente ese carácter fronterizo que tanto había caracterizado a este territorio de la periferia de la Corona de Castilla. A partir de ahora y en los siglos venideros habría que centrar la mirada en otra frontera: la mar y sus peligros.

Debido a la inseguridad marítima predominante durante el periodo bajomedieval, los concejos debían proteger a sus gentes con milicias armadas en caso de eventuales ataques. Esta situación precaria llevó a algunos vecinos a pedir permiso a las autoridades para armar embarcaciones y así atacar barcos y poblaciones enemigas, es decir, solicitaban la denominada patente de corso. Buen ejemplo de ello son los siguientes casos: Por un lado tenemos al ilustre Pero Niño, que utilizó Cartagena como base de operaciones para realizar numerosas expediciones contra las costas de Berbería y atacar a corsarios cristianos y musulmanes que actuaban contra los intereses de la Corona de Castilla durante el reinado de Enrique III; y por otro, al poco conocido vecino de la ciudad de Murcia Martín Sánchez, el cual solicitó permisos al Reino de Valencia en el siglo XIV para armar su saetía y así luchar contra piratas y corsarios musulmanes. Durante este mismo siglo, desde Almería el Santo Moro atacaba por mar las costas cristianas de los reinos de Murcia y Valencia, presentándose como enviado de Dios entre la población islámica.

El cronista Alonso de Palencia decía en el siglo XV que Cartagena era famosa “por su puerto y fuerte castillo, porque todo lo demás está arruinado”. Gracias a su situación geoestratégica, su puerto se convirtió en un punto militar de primer orden que repercutió favorablemente en la ciudad, creciendo su población en el siglo XVI y reactivándose la economía gracias al comercio con los genoveses. Será en este siglo cuando se haga patente un ligero aumento demográfico acorde al aumento de la superficie cultivada, el desarrollo de la ganadería y la explotación de los recursos pesqueros.

Plano de 1799 de la torre vigía de Cabo de Palos. Fuente

Con la caída de Constantinopla en manos de los turcos en 1453, la expansión del Imperio Otomano en las costas de Berbería y la cada vez mayor presencia de musulmanes expulsados de la Península Ibérica en estas costas, se acentuó la pugna por el control del Mediterráneo entre Carlos V y Solimán el Magnífico. Las bases avanzadas en Berbería no podían evitar el dominio otomano de los hermanos Barbarroja en esta costa norteafricana comprendida entre la isla de Djerba y la fachada atlántica del Magreb. En toda esta línea de costa hubo una gran especialización en el corso, destacando diferentes ciudades portuarias como Túnez, Argel u Orán. Si a esto le sumamos la alianza de la Corona de Francia con el Imperio Otomano contra la Monarquía Hispánica, la situación dejaba un panorama aún más desalentador para los vecinos de las costas ibéricas.

Estos piratas y corsarios, denominados tradicionalmente berberiscos, no eran solo de la Berbería, sino turcos, magrebíes, cautivos, renegados y descendientes de andalusíes. Los piratas y corsarios afincados en las costas de Berbería empleaban naves de bajo bordo con vela latina y remos como galeotas, bajeles y jabeques, idóneas para atracar en calas a varias leguas de los puntos de ataque. Tras obtener información de los espías, atacaban rápidamente, raptaban personas y ganado, hacían aguada en algún lugar alejado y huían, lo que se suele denominar como ataque de “embestida y abrigo”. En estos ataques, lugares como Isla Grosa o Tabarca eran, en palabras del Licenciado Cascales, auténticas ladroneras de corsarios.

Durante esta edad de oro de la piratería berberisca, las costas de Baleares, Valencia, Murcia y Andalucía se llevaron la peor parte. Esta situación se tornó aún más insostenible con la expulsión de los moriscos a principios del siglo XVII, algunos de los cuales actuaron como espías y guías para asegurar el éxito de las incursiones berberiscas en las costas de la Península Ibérica.

Ante la incapacidad de la Monarquía Hispánica de defender los miles de kilómetros de línea de costa con ejércitos profesionales, las poblaciones costeras y las principales ciudades vecinas se encargarían de reclutar milicias para defenderse en caso de ataque. Especialmente a partir de 1636, cuando los concejos aumentaron su control sobre la milicia, llegando a asumir los regidores de las ciudades el papel de capitanes militares.

Monumento a los Trinitarios de Torre Pacheco (Pedro Jordán). Fuente

Comerciar con los cristianos cautivos era uno de los más lucrativos negocios de los piratas y corsarios, ya sea en los mercados asiáticos y africanos o con las propias autoridades cristianas que negociaban su rescate. En este último caso cabría destacar la labor realizada por las dos órdenes religiosas que más se dedicaron a tal menester: la Orden de la Merced y la Trinitaria. Estas órdenes organizaban misiones de redención por medio de limosnas y dinero de las familias y conseguían, tras pasar muchas dificultades y peligros, el rescate de gran número de vecinos raptados.

Aunque durante el reinado de Carlos I este ordenó a los concejos costeros construir numerosas torres y atalayas, no fue hasta el plan de defensa costera de Felipe II cuando se proyectó y materializó un verdadero sistema de torres vigía. Según aparece relatado en un informe de Francés de Álava enviado al rey el 28 de febrero de 1581, la torre de Cabo de Palos era una de las seis torres de vigía que se habían terminado de construir en las costas del Reino de Murcia.

Juan Bautista Antonelli y Vespasiano Gonzaga diseñaron un buen número de las torres vigía que encargó construir o reforzar Felipe II en las costas del Reino de Murcia. La responsabilidad sobre la construcción y mantenimiento de estas torres caía principalmente sobre los concejos y villas costeras. Mediante ahumadas de día y fogatas de noche, existía un contacto visual entre las diferentes torres que formaban parte de este sistema de vigía, mientras la mayoría de las mismas estaban artilladas. Además, estas construcciones costeras se verían reforzadas por atalayas y torres post-litorales que avisarían hacia el interior de la llegada de embarcaciones enemigas como la Atalaya de Calnegre o la Torre del Moro y del Rame.

Los tres grandes concejos con costa del Reino de Murcia organizaron y sufragaron gran parte de las reformas y proyección de estos elementos constructivos de vigilancia y defensa durante estas centurias: Bajo el amparo del Concejo de Lorca, torres como las de Terreros, de las Águilas, de Cope, de Bolnuevo, de Santa Isabel o de San Ildefonso; bajo el control del Concejo de Cartagena, torres como las de la Azohía, de Navidad, de Portmán, de Cabo de Palos y de El Estacio; y bajo dominio del Concejo de Murcia, las torres de Los Alcázares, de la Encañizada y del Pinatar.

Plano de costa de 1774 que comprende desde el Castillo de los Terreros hasta Torre Horadada (Archivo General de Simancas). Fuente

Buen ejemplo de los contactos con torres vigía del resto de reinos de la Monarquía Hispánica es la Torre de la Horadada, la cual era la más meridional del Reino de Valencia y mantenía una intensa comunicación con las torres del Mar Menor como la de la Encañizada, defendida con una guarnición del Concejo de Murcia.

Sobre la insostenible situación que vivían las costas de la Monarquía Hispánica, las Cortes en Toledo se lo transmitían de la siguiente forma a Felipe II:

“desde Perpiñán hasta la costa de Portugal las tierras marítimas se están incultas, bravas y por labrar y cultivar, porque a cuatro o cinco leguas del agua no osan las gentes estar”

La Torre de la Horadada y la Playa del Conde. cantonioluis

El más célebre y asiduo corsario que asoló nuestras costas fue sin duda Morato Arráez, un cristiano convertido al Islam que consiguió ganar un más que notable prestigio en la marina otomana. Recurrentemente mencionado en obras de Lope de Vega y Miguel de Cervantes, numerosas son las razzias que realizó en las costas murcianas: en 1584 dirigió a 6 galeotas argelinas hacia la zona de Calblanque, aunque fueron rechazadas por la población de Alumbres hasta la playa del Gorgel; en octubre de 1587 desembarcó junto a 500 hombres en Portmán obteniendo numerosos cautivos, hasta que huyeron ante la presencia de numerosas galeras españolas y las tropas concejiles de Cartagena y Murcia.

En 1602 se produjo una de las razzias berberiscas más recordadas en costas murcianas. Ante el ataque a la ciudad de Argel que se preparaba en el puerto de Cádiz, miles de piratas y corsarios recababan información al otro lado del Estrecho. 9 galeotas al mando de Morato Arráez comenzaron a asolar la costa malagueña con rumbo a la costa lorquina, al tiempo que el Corregidor Diego Sandoval organizaba la defensa de las costas del Reino de Murcia ante la ausencia del Marqués de los Vélez, que se encontraba en Madrid.

El 11 de agosto, más de mil hombres de armas al mando de Morato atacaron cabo Cope y apresaron a numerosos pescadores y habitantes de la costa lorquina. Ante esta información salieron tropas desde Lorca a salvar a los cautivos pero, tras refugiarse las tropas lorquinas en la Torre de Cope, fueron apresadas por los piratas berberiscos. Entre los alrededor de 60 lorquinos cautivos se encontraban los regidores Juan Felices Quiñones y Luis Felices de Ureta, pero dos cautivos consiguieron escapar en Escombreras, proporcionando una información muy valiosa para la defensa organizada por Diego Sandoval en Mazarrón y Cartagena. Pese a fracasar en las negociaciones para liberar a los dos regidores lorquinos, las tropas concejiles de Murcia y Cartagena consiguieron que se batiesen en retirada los hombres de Morato tras impedirles la aguada en una escaramuza en La Manga.

Virgen del Milagro de Bolnuevo. Fuente

Sin embargo, la más célebre de las razzias que se ha asociado a Morato Arráez fue la realizada en nuestras costas en 1585, siendo adornada por el pueblo mazarronero con aires de leyenda y fervor popular. En la noche del 16 al 17 de noviembre de 1585 desembarcaron los hombres de Morato Arráez en las proximidades de Mazarrón, pero la actuación del ”moro Mamí”, una confusión con un juego de cartas y la intervención de la Virgen del Milagro de Bolnuevo evitaron la tragedia. A esta última se le atribuye lograr el toque de arrebato en las campanas al amanecer, ahuyentar en la playa a los hombres de Morato y hacer que dejasen en su huída un estandarte que se conserva en la actualidad.

Debido a  los sucesos acaecidos en aquella noche, cada 17 de noviembre se celebra la romería de Bolnuevo en conmemoración de este milagro. Además, en el litoral murciano se celebran otras fiestas relacionadas con estas incursiones, como la fiesta de Trinitarios y berberiscos de Torre Pacheco, la festividad de la Virgen de los Llanos en El Algar o las Incursiones Berberiscas del Mar Menor en Los Alcázares.

No obstante, los ataques a nuestras costas eran los suficientemente numerosos como para no ser siempre dirigidos por un mismo pirata, por muy célebre o sanguinario que fuese. Estas incursiones berberiscas se concentraron sobre todo entre el último cuarto del XVI y la primera mitad del XVII: En 1558 desembarcaron en Cabo de Palos 500 corsarios que saquearon y capturaron a buena parte de la población de Alumbres; en 1561 casi 2000 corsarios asaltaron el arrabal de San Roque de Cartagena, pero acabaron huyendo ante la llegada de los refuerzos de Murcia; en 1596 un desembarco berberisco en Mazarrón acabó con ocho corsarios muertos y sus cabezas colgadas a la entrada de la villa tras la victoria de los mazarroneros bajo las órdenes del general Sepúlveda; en 1601 un buen conjunto de galeotas y bergantines berberiscos consiguieron bloquear la costa comprendida entre Cabo de Gata y Cabo de La Nao, tomando islas como Tabarca e Isla Grosa y saqueando poblaciones como Callosa del Segura; en 1637 la Torre de Cabo de Palos es tomada junto a la del Estacio, muriendo el alcaide en su defensa y teniéndose constancia de su destrucción en fechas posteriores muy próximas a esta.

Escudos de los municipios con costa de la Región de Murcia. cantonioluis

Los hechos acaecidos en la zona de Cabo de Palos y La Manga provocaron que los escasos vecinos y vecinas de la parte sur del Mar Menor sufriesen el cautiverio en costas norteafricanas con una frecuencia inusitada hasta la fecha, tal y como relata Gerónimo Reynaldi, indicando que hasta quinientas personas en cosa de dos años fueron llevadas cautivas hasta las costas norteafricanas. Esta situación llevó a que los concejos de Cartagena, Murcia y Orihuela intensificasen la defensa del Monasterio de San Ginés de la Jara en fechas veraniegas en que el número de peregrinos aumentaba considerablemente.

En el siglo XVIII, pese a caer Orán y Mazalquivir, disminuyeron los ataques de piratas y corsarios berberiscos. Tras el nombramiento de Cartagena como capital del Departamento Marítimo del Mediterráneo en 1726, se construyó la Batería de San Pedro de Águilas y un sistema defensivo de baterías y fortalezas abaluartadas en Cartagena, construcciones que aportaron una mayor seguridad y que contribuyeron a un importante auge comercial y demográfico en nuestras costas.

No fue hasta comienzos del siglo XIX, momento en el que el resto de potencias europeas dejaron de pagar tributos a los reyes norteafricanos y comenzó la colonización francesa de Argelia, cuando se produjo una verdadera expansión demográfica de los pueblos del litoral murciano gracias a la desaparición de este peligro de ultramar. Con el Congreso de París del 16 de abril de 1856 se abolió el corso en un buen número de estados europeos y africanos, suponiendo un golpe crítico a la piratería y la actividad corsaria en el Mediterráneo.

Los tiempos en que los peligros de Berbería asolaron nuestras costas ya quedaron atrás. Mientras, las torres vigía y los faros que se construyeron en estos imponentes enclaves han quedado fosilizados en nuestro paisaje marítimo como legado material de la inherente condición fronteriza de nuestra tierra. Velar por la conservación y propiedad pública de los mismos es una  labor que se debe fomentar y aplicar con total rotundidad, tanto como defender la protección del medio marítimo y la libre circulación de personas por un mar que ha sido durante siglos cruce de caminos y crisol de culturas.

 

Plano del Mar Menor de época moderna (Manuscrito anónimo, Archivo de la Real Chancillería de Granada). Fuente

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